Dicen que la vida es como una caja.
Redonda, cuadrada, pentagonal, con forma de estrella o corazón.
Grande, pequeña, roja, azul, a rayas o a cuadros.
Con pegatinas o dibujos.
Dicen también que todo eso da igual, que lo que importa es lo que guarda esa caja.
Al abrirla, los momentos bonitos, los que te hacen sonreír, saltan y te hacen cosquillas en la cara, ese es su trabajo. Los rayos del sol te cierran los ojos, notas el salitre en los labios y las flores se te enredan en el pelo.
Después están los tristes, los que pasaron irremediablemente, los que te atan ese incómodo nudo a la garganta, los recuerdos de aquellos que se fueron; esos entran por los ojos y te nublan la vista. Puedes aceptarlos, porque al fin y al cabo pasaron y no lo puedes cambiar, o rechazarlos y cerrar los ojos muy fuerte para que se vayan rápido.
Y al fondo queda lo más importante. No es mucho y hay que prestar atención para apreciarlo bien, pero merece la pena. Son pequeños fragmentos de historia:
tu historia.
tu historia.
Son cosas que en su día te llegaron al alma, pequeños detalles sin importancia que sólo para ti son importantes. Son rostros, sonidos, voces, olores, sonrisas, miradas, palabras, colores. Cosas que ahora te despiertan la memoria adormilada y te hacen recordar, cosas que en su día quisiste enterrar en el olvido y todavía no has conseguido olvidar del todo.
Pero pasado el tiempo te das cuenta de que no hay peor verdad que el olvido, que no recordar un rostro o una voz, y que al fin y al cabo, esas cosas son parte de tu vida, igual que los primeros rayos de sol de primavera o ver la lluvia caer envuelta en una manta y con una taza de chocolate calentándote las manos.
Por eso, nunca te olvides de ordenar tu caja de vez en cuando, de pintar las cosas malas de rosa; la mayoría de cosas solo pasan una vez y es mejor recordarlas como algo bueno.
O eso dicen.

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